27 de enero de 2009

100 preguntas y pocas respuestas


Ficha técnica: Tengo una pregunta para usted... señor Presidente. Televisión Española,22 horas. 26/01/09)


Este formato televisivo de origen francés, en el que un centenar de ciudadanos interrogan en el plató a un protagonista de la vida política española, nos dejó ayer noche la imagen de un presidente de la nación demasiado tenso y excesivamente acosado por las circunstancias económicas adversas.

En el arranque de la primera parte de la emisión, Zapatero se mostró nervioso, bastante descentrado, muy dubitativo y poco convincente. Aunque repetía participación por el programa, al presidente le costó “entrar en calor” y no acababa de encontrarse a gusto con un auditorio al que, a diferencia de lo que sucede en Parlamento, además de ofrecerle argumentos satisfactorios hay que dejarle la impronta de la proximidad y la simpatía.

Tras afirmar que, había podido equivocarse en la valoración inicial de la crisis, pero que los españoles podían estar seguros de que “yo no engañé a nadie”, manifestó en defensa propia que había venido a la televisión a “dar la cara”. No obstante, respuestas como aquella en la que afirmó que no prometió el pleno empleo en la pasada campaña electoral, suponen un ejercicio de ingeniería dialéctica difícil de encajar para ciudadanos alejados del habitual juego político donde “sí” también puede significar todo lo contrario.

En ese sentido, es cierto que cuando quiso responder directamente a las cuestiones, se le vio voluntarioso para explicar las cosas con claridad, pero Zapatero también forma parte de esa clase de políticos empeñados en dominar el arte de contestar cosas distintas a las que se le preguntan y la estratagema de hacerse el sordo cuando le conviene. A esto, añade una táctica basada en la “huida hacia delante” cuando se enfrenta a preguntas que reprochan su gestión de manera más o menos implícita. Ante circunstancias así, el presidente se desentiende de la cuestión y habla de sus planes futuros, situando al entrevistador en una situación complicada, pues criticarlo supondría ponerse a la defensiva. Todo lo contrario que cuando la pregunta da margen a la autocomplacencia, momento en el que el presidente hace un balance global empezando por las medidas tomadas por el Ejecutivo que preside.

En cuanto a su actividad gestual, Zapatero maneja constantemente sus manos al hablar, que en general acompañan correctamente a sus palabras. Tan pronto cierra los puños para añadir pasión a lo que dice, como junta las palmas estirando los brazos hacia delante para marcar su territorio, comos las mueve de atrás hacia delante y a la altura de los hombros para mostrar los avances sociales de su cometido y dar sensación de dinamismo. Excepto cuando las utiliza mal. Sucede cuando espera las preguntas con las manos atrás y los labios excesivamente apretados. A cada una de estas preguntas comprometidas siguió un gesto automático que tiene que ver con la búsqueda de complicidad en el presentador y la ganancia de tiempo. Así, inmediatamente antes de proceder a contestar, se giraba buscando la mirada de Lorenzo Milá y tratando de encontrar argumentos de continuidad en esas pocas décimas de segundo pero muy valiosas para retomar el hilo. Cuando este movimiento se produjo, Zapatero se ayudó además de una muletilla disuasoria, “he de decirle”, que utiliza a la perfección para evitar la tensión del cara a cara y marcar distancias con el interlocutor sin que apenas se note. No es un hombre de “verbo fácil”. Cuando se le saca del guión y se le fuerza a improvisar acelera la pronunciación y se atasca.

Criticable es también la labor del realizador del programa, con tendencia a ofrecer primeros planos, bien insulsos, bien complacientes del público. Todo lo contrario sucedía cuando asomaban a la pantalla planos más generales o barridos de cámara: el público estuvo serio, distante y gélidamente frío.

En la segunda parte se quitó la presión de la primera y resurgió un líder más dominador de la escena y menos acorralado. Centró en el discurso de “la confianza, el compromiso y la responsabilidad social” y salvó el trance a base de evidenciar optimismo e insuflar ilusión. Estuvo mucho más suelto, más presidente. No obstante, su incapacidad para reconocer errores (al margen de su desafortunada declaración sobre ETA en 2007) le restan credibilidad en el momento de poner en marcha su discurso optimista.

En conclusión, su intervención no acabó de calar entre el público. Ha de reconocérsele valor por aceptar la participación en un programa de estas características, pero dado que este hecho no es un fin en sí mismo, debemos criticarle su dispersión en las respuestas y el nulo margen dejado a la autocrítica, más allá del tópico “seguro que he hecho muchas cosas mal”.

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